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Ciudadanía política.

La ciudadanía es una relación política entre un individuo y una comunidad política, en virtud de la cual el individuo es miembro de pleno derecho de esa comunidad y le debe lealtad permanente (Derek-Heather, 1990). Desde la Modernidad esa comunidad se entiende como un Estado nacional de derecho. Ese vínculo político es un factor de identificación y de identidad (frente a los que no lo tienen, por ej. los extranjeros). Es decir, que la trama de la ciudadanía se urde con la aproximación a los semejantes y separación con respecto a los diferentes. Esa dialéctica se vive como un conflicto, sobre todo porque el universalismo cristiano está presente en el liberalismo y el socialismo, y afirma que lo que nos une es mucho mayor que lo que nos separa. Las religiones griega y romana son religiones de la ciudad, mientras que el cristianismo es una religión de la persona, que la vincula con un dios trascendente y con una comunidad universal. Sus herederos en lo político, el liberalismo y el socialismo son cosmopolitas. de la doble raíz griega y romana se origina a su vez dos tradiciones, la republicana, para la que la vida política es el ámbito en el que los hombres buscan conjuntamente su bien, y la libertad, según la cual la política es un medio para poder realizar en la vida privada los propios ideales de felicidad. El ciudadano es el miembro de una comunidad política que participa activamente en ella. Ya desde Grecia, el ciudadano es el que se ocupa de las cuestiones públicas y no se contenta con dedicarse a sus asuntos privados, pero es además quien sabe que la deliberación es el procedimiento más adecuado para tratarlas, más que la violencia, más que la imposición, más incluso que la votación que no es sino el recurso último, cuando ya se ha empleado la fuerza de la palabra

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